OPINIÓN//La mentira de la convergencia europea

Por Gaspar M.B

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El pasado 16 de julio, varias asociaciones profesionales de ingenieros y funcionarios de alto rango dieron una rueda de prensa[1] en la que denunciaron que 7 años después de la implantación de “Bolonia” las titulaciones anteriores siguen en un limbo internacional. La homologación internacional, cacareada y prometida por quienes defendían la reforma, no se ha hecho para los titulados con planes anteriores a los “adaptados” al EEES. La principal denuncia es que la parte positiva de “Bolonia” –la internacionalización de los profesionales universitarios- no sólo no se había cumplido sino que se ha dificultado, haciendo a los profesionales del Reino de España “competir” en desventaja con el resto de trabajadores de Europa.

En concreto el conflicto surge para las carreras con duración de Licenciatura, como las ingenierías superiores o la arquitectura, que en el Marco Internacional de Calificaciones (EGF por sus siglas en inglés) se han homologado –por omisión- con un nivel 6EQF, el mismo que los Grados. El sistema universitario de referencia del Sistema universitario Español es el sistema Francés, que es del que se “copia” históricamente la estructura de títulos y formas de enseñar. Señalo esto para subrayar que en Francia se hizo esta homologación en 1999, en la génesis de la reforma universitaria. Varias intervenciones al final de la rueda de prensa se preguntaban: ¿De quién es la culpa de este error? ¿Qué ocurre para que en el Reino de España este trámite no se haya hecho?, sin que se acertara a dar ninguna respuesta ni cercana, como mucho se apuntó hacía “los gobiernos que no han hecho nada”. Vamos a repasar como hemos llegado a esto.

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Los únicos sistemas universitarios con grados de cuatro años y postgrados de uno son el turco, el esloveno, el chipriota y el español

La reforma del Sistema Universitario vino abanderada por un bloque político y de opinión que vociferaba, y aún hoy lo hace, que todo el sistema educativo con la universidad a la cabeza era una institución monolítica, petrificada y antigua que necesitaba modernizarse de forma radical y rupturista. Como alternativa se planteaba y plantea imitar el modelo de otros sistemas universitarios, especialmente de las culturas anglosajonas, mientras se destacan unos aspectos mientras se obvian otros. Se ha repetido machaconamente el ejemplo de la relación entre la universidad y la empresa en EEUU pero poco se ha dicho de la enorme cantidad de financiación pública de esas universidades. En una época de fiebre europeísta, en la que se trató de aprobar con referéndum la constitución europea, se abrazaron a la promesa de la internacionalización del Sistema Universitario para poder acometer la reforma rupturista que buscaba ese bloque. La reforma universitaria venía con la promesa de que el sistema universitario sería igual en toda Europa, y que sería indiferente estudiar en cualquier sistema universitario del EEES. Pero esa no era la realidad. El EEES lo único que aportaba la internacionalización es un método para homologar y comparar los títulos de diversos sistemas. Cosa que el Estado Español aún no ha legislado, demostrando el interés real que había por esa internacionalización. Efectivamente, la culpa de esta falta de homologación es de quién podía haberla previsto y aplicado y no lo hizo. Esto son las mismas personas que gestionaron la transición entre modelos, que diseñaron el sistema actual y que por cierto, impusieron a palos. La cadena empieza en los gobiernos entre 1998 y 2008, pero también por gran parte de las estructuras unviersitarias que colaboraron con el proceso. Lo que no queda tan claro entonces es para qué se hizo toda esta reforma.

Lo que sí se ha producido es la desintegración de las carreras profesionales en multitud de títulos que aspiran a competir entre sí. A la vista de los efectos, parece que esto fuera el objetivo de la reforma dejando el resto de aspectos –internacionalización, investigación, financiación, docencia…- en segundo plano. Frente a una enseñanza superior que se correspondiera con una profesión definida –y regulada por ley- se ha establecido una enseñanza superior de competencias fragmentadas que cada individuo va comprando y que le sirvan para venderse en el mercado de trabajo. No cabe duda que este cambio tan brusco de concepción no puede ser algo exclusivo del sistema universitario, sino que está dentro de un cambio brusco dado en toda la sociedad.

Esta desintegración de los títulos ha producido situaciones como la derivada de que los títulos en el Sistema Español sean de 4 años de grado y 1 de postgrado, mientras que en casi todo el resto del EEES son 3 años de grado y 2 de postgrado- precisamente los antiguos primer y segundo ciclo o ingeniería técnica y superior. Actualmente se baraja por parte del gobierno dar libertad a las Universidades de adoptar el modelo que prefieran, 4+1 o 3+2, haciendo que titulaciones que conduciendo a un nivel de formación igual -el 6EQF internacional- duren un año más o un año menos según el lugar en que se estudien aún sin salir del Reino. La crítica que cualquier estudiante podría hacer ante este despropósito salta a la vista.

Pero las implicaciones de esta transformación en los títulos van más allá de lo estudiantil. En la primera mitad de 2014 han empezado los trámites por parte del gobierno para la aprobación de la Ley de Servicios Profesionales (LSP), que regulará la actividad de aquellas profesiones que necesitan estar colegiadas para ejercer, basándose en el borrador presentado en agosto de 2013. La colegiación profesional supone una manera de que los propios profesionales decidan sobre sus asuntos de forma colectiva y autónoma por un lado, a la vez que avala a cada profesional en el ejercicio de su profesión ante la sociedad. Hasta hoy, el funcionamiento es conceptualmente similar al de los gremios medievales, paradigma de gestión del trabajo comunitario en Europa. En la práctica se trata de organizaciones corporativas que actúan como intermediarios entre las instituciones y los profesionales, haciendo una labor “para-institucional” a coste 0 y claro, fuera del control partidista. La gran mayoría ha respondido con contundencia contra el anteproyecto presentado para la LSP[2], que anula la obligatoriedad de colegiarse para practicar muchos de los trabajos que a partir de ahora pasarán a estar bajo regulación estatal directa y excluyendo a estas organizaciones de capacidad de intervención. Esto, sumado al cambio de paradigma de los títulos que complica enormemente la tarea de los colegios de agrupar a trabajadores según su profesión, apunta hacía un escenario sin colegios, tan sólo con aseguradoras que hagan de aval ante cada profesional por separado. Vemos un paralelismo claro entre la desintegración de los títulos en competencias que cada individuo puede comprar y la forma en que se plantea gestionar los servicios profesionales después: reducir la profesión a una suma de individuos inconexos entre sí. Parece que esto vuelve a apuntarnos que la reforma universitaria – el “Plan Bolonia”- estaba mirando más hacía dentro que hacía fuera. Entonces, lo que parece es que efectivamente, el Plan Bolonia fue un grandísimo timo. Y quienes lo defendieron y aplicaron o bien fueron unos absolutos ingenuos o bien sabían perfectamente lo que hacían.

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La situación actual es por tanto de callejón sin salida. Se puede seguir huyendo hacia delante, como apunta el gobierno junto a los Consejos sociales-conglomerado de empresas e instituciones que operan en las unviersidades- con propuestas como la de dar libertad para elegir la duración de los grados. O se podría empezar a plantear una reforma universitaria que en vez de venir marcada “desde arriba” –Bruselas, el mercado, el gobierno de turno…- se empiece a definir por la comunidad universitaria y la sociedad que la sostiene, cosa que a día de hoy no sólo no se ha ni esbozado.

[Cita de texto para columna lateral] Merece la pena sacar a colación el siguiente párrafo de Panagiotis Satiris en “Teorizando la universidad-empresa. Preguntas abiertas y algunas posibles respuestas.” Traducción al castellano publicada en “De la nueva miseria. La universidad en crisis y la nueva rebelión estudiantil”.

Por tanto me gustaría sugerir que la mejor manera de describir la función “hegemónica” actual de la educación superior sería como la de un proceso complejo de “internalización” de los cambios en el mercado laboral y de los procesos laborales y de acumulación capitalista en el seno de la educación superior entendiendo esta, fundamentalmente, como un aparato hegemónico. Esta internalización e introducción de las realidades de la producción capitalista y el sometimiento de la educación a los imperativos de acumulación capitalistas no se limita, exclusivamente, a los cambios en la financiación de la universidad, a la creciente importancia de los vínculos con la industria o la importancia de la investigación ligada a la empresa como fuerza motriz de toda cultura académica. Toma, a su vez, la forma de cambios no únicamente en el valor relativo de los títulos universitarios sino en el concepto mismo de grado y su sustitución por una individualizada “cartera de títulos”. Así, los cambios que se han producido en lo relativo a los títulos generan nuevas fragmentaciones, jerarquía educativas y procesos de individualización que responden a las nuevas realidades de lso centros de trabajo.”

[1] Rueda de prensa IIE, UPCI y FEDECA: http://www.iies.es/El-Gobierno-no-ha-preparado-al-pais-para-Bolonia_a3805.html

[2] Por ejemplo el COIIM: http://www.coiim.es/rrii/Notas%20de%20Prensa/nota_anteproyecto_ley_10_07_14.pdf

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