LA CULTURA, EL PEGAMENTO DE LA UNIÓN EUROPEA

Por Víctor Gutiérrez

→ Lee ‘La cultura, el pegamento de la Unión Europea’ en PDF

Mientras los movimientos euroescépticos ganan adeptos en los países miembros, desde Bruselas se trata de instrumentalizar el arte como un elemento cohesionador e identitario.

¿Qué significa ser europeo? ¿Hay más relación entre un portugués y un brasileño, o entre un español y un alemán? ¿Existe algún aspecto en la conducta, en los valores o en la forma de entender el mundo, compartido por la mayoría de los ciudadanos que conforman la Unión Europea? Inmersos en un periodo de enorme incertidumbre, indefinición y escepticismo, las instituciones comunitarias han desarrollado con ahínco durante los últimos veinte años una serie de políticas activas encaminadas a inculcar en los ciudadanos las respuestas a estas preguntas con mayor o menor fortuna.

La cultura es uno de los factores más importantes para determinar la cohesión de un grupo social. Muchos han sido los regímenes y sociedades que se han dado cuenta y es fácil encontrar en los libros de historia multitud de casos en los que, para bien o para mal, los organismos de poder estatalizan la literatura, el cine o el teatro para dotar de identidad a una nación. Ya sea con un objetivo defensivo frente a una cultura dominante que amenaza con barrer de la sociedad cualquier resquicio artístico minoritario, o con un propósito integrador y centralizador frente a la heterogeneidad que amenaza con fragmentar la unidad nacional, el caso es que la instrumentalización del arte se ha dado y se da.

Antía María López Gómez, profesora en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de Santiago de Compostela, plantea en su libro Políticas de Comunicación e Identidad Cultural un interesante repaso a las actuales estrategias político-económicas que se siguen desde los organismos de gestión occidentales. “Cuando fracasa el estado –explica María López en su estudio– la cultura se convierte en uno de los elementos más importantes en la vertebración del territorio. La dimensión identitaria es un factor capaz de vertebrar, cohesionar e incluso otorgar sentido a la organización social y a la participación política de los agentes sociales”. Esta reflexión es un interesante punto de partida para analizar cómo se ha combatido desde Bruselas el descrédito de la UE como entidad supranacional mediante “políticas culturales”.

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Las políticas culturales de la UE

Para comprender en qué punto nos encontramos en la actualidad es necesario mirar al pasado, concretamente a comienzos de la década de los 90, y destacar las leyes que después constituyeron las bases de la política comunitaria en la gestión cultural. En primer lugar, no se debe olvidar que desde los comienzos más remotos (con la constitución de la CECA) la mayoría de los tratados internacionales que firmaron los estados miembros versaron sobre asuntos económicos. Consecuentemente, los primeros acuerdos en asuntos de gestión cultural comunitarios siguieron también esta senda.

Para la profesora María López Gómez, con la firma del Tratado de Maastricht en 1991, la cultura pasa a ser entendida como un bien, un servicio, es decir, una actividad equiparable a otras muchas dentro del régimen general de libre circulación de mercancías. La UE adoptó así una visión mercantilista de la cultura, al igual que habían hecho otras instituciones como la UNESCO años atrás.

Durante toda la década de los 90, trabajaron duramente en la armonización legislativa entre los países miembros (sobre todo, en el campo de la fiscalidad y del mecenazgo). El objetivo que se perseguía desde los organismos comunitarios era conseguir una industria audiovisual y editorial capaz de competir en el mercado global con potencias como Estados Unidos. En cambio, cuestiones como la protección del patrimonio cultural, los intercambios no comerciales o la creación artística eran responsabilidad exclusiva de los estados miembros y, por consiguiente, se puede decir que no había una estrategia colectiva de futuro.

Después de más de diez años trabajando en este sentido, se observa un cambio de tendencia en los organismos comunitarios. Simplificando, dos pueden ser las razones de este giro en las políticas culturales europeas: en primer lugar, se constató después de grandes inversiones y varios intentos que era muy difícil competir con la potente industria cinematográfica y editorial americana; en segundo lugar, se comenzó a desarrollar un fuerte movimiento social de desapego hacia el europeísmo que se ha ido agravando poco a poco hasta llegar a los resultados de la reciente campaña electoral. En suma, ni se había conseguido explotar la veta de oro de la cultura europea, ni se había fomentado el espíritu europeísta.

Así pues, en una etapa histórica en la que la identidad cultural europea cada vez está más discutida, se han lanzado varias campañas (con enorme financiación) durante los últimos meses destinadas al mecenazgo y la promoción de artistas dentro de los estados miembros. Por ejemplo, se ha hecho una fuerte apuesta por consolidar una imagen de marca de “escritores europeos” mediante la creación de un premio literario destinado a autores noveles. Quizás en un futuro cercano exista una generación de narradores notables de países tan distantes (literariamente hablando) como Chipre, Macedonia, Dinamarca o España que tenga como nexo de unión en este galardón. No obstante, su repercusión mediática en la actualidad aún es mínima pese a la valía de muchas de las obras seleccionadas (¿quién conoce a Cristian Crusat, último español en recibir este premio?).

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Europa Creativa

Ahora bien, todos estos premios y eventos quedan en un segundo plano después de que hace unos meses se anunciara la que será la gran apuesta europeísta por la cultura, una dotación de un fondo de 1.460 millones de euros al proyecto “Europa Creativa”. Según el gabinete de comunicación de la UE, este proyecto quiere promover “la diversidad cultural y lingüística, ayudar a los sectores cultural y creativo en su adaptación a la globalización y la era digital y abrir el acceso a nuevos mercados y públicos internacionales”.

Para conseguir los objetivos mencionados, el plan contempla ayudas económicas para más de 250.000 artistas con la intención de que sus obras se distribuyan fuera de sus países de origen. Por la misma razón, se crearán ayudas para la distribución de películas, así como ayudas para la traducción de 4.500 libros. En definitiva, se trata de fomentar un espacio común de distribución y consumo cultural europeo.

Cuando se anunció esta dotación económica destinada al sector cultural, muchos políticos expusieron ante la opinión pública una justificación mercantilista. “Las artes y las industrias creativas —que desempeñan un papel esencial en la economía europea y representan cerca del 4,5% del PIB de la UE— dan empleo a más de 8 millones de personas”, explicaba la propia institución en una nota de prensa. A finales de los 90, esta justificación podría ser verosímil. Sin embargo, si se analiza con perspectiva las políticas culturales de los últimos 10 años una respuesta meramente economicista pecaría de ingenua.

Tras las crisis identitarias vividas en algunos de los países miembros con más poder, desde Bruselas se ha hecho una gran apuesta por la cultura como cohesionador identitario. Por esta razón, se pretende generar una homogeneidad tanto en el mercado de consumo cultural (es decir, que todos los europeos puedan leer los mismos libros o ver las mismas películas), como en el aspecto educativo y universitario (véase Bolonia). Dentro de unos años se verán los resultados, esperemos no lamentarnos.

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